Me aferré al marco de la puerta con una mano y miré a través del vidrio a mi niña, que dormía conectada a cables, con esa carita pequeña y esos cachetes que yo besaba todas las noches, completamente ajena a lo que acababan de decirme.
Y lo único que pude pensar fue que el mundo era muy cruel para una niña que todavía le pedía cuentos de princesas antes de dormir.
Un zumbido ensordecedor me llenó los oídos, apagando cualquier otro sonido en el hospital. El monstruo que habíamos enterrado hace añ