El asco me inundó la boca como un veneno amargo y espeso. La propuesta de Enrique flotaba en el aire de la enorme sala, transformando mis peores temores en una realidad espantosa. Quise gritarle que no, quise escupirle en la cara que prefería la muerte antes que volver a dejar que me tocara.
Pero la imagen de Lorena en la cama del hospital, conectada a esas malditas máquinas, me golpeó la mente con la fuerza de un rayo. Todo esto era mi culpa por haber ignorado las señales, por creer que huir de