LA PROMESA DE UN IVANOFF

El auto se detuvo frente a mi mansión . Bajé con cuidado, sintiendo el peso de mis heridas.

La mansión olía a hogar cuando entré.

No sé si siempre había sido así y yo nunca lo había notado, o si después de tres días en un hospital uno aprende a apreciar las cosas que antes daba por sentadas. Caminé despacio, con el costado todavía vendado y el cuerpo más pesado de lo que estaba dispuesto a admitir, y antes de llegar al segundo escalón ya los escuché.

Pasos pequeños. Rápidos.

Sasha llegó primero, como siempre. Se me lanzó a la cintura con esa fuerza que uno no espera de un niño de seis años, y el impacto me dolió pero no dije nada. Mila llegó un segundo después, más silencioso, envolviéndome la pierna con los dos brazos y enterrando la cara contra mi muslo.

—¡Papá, volviste! ¡Estás en casa! —exclamó Sasha, envolviendo sus pequeños brazos alrededor de mis piernas con fuerza.

—Te extrañamos demasiado, papá —sollozó Mila, escondiendo su carita contra mi pantalón, buscando mi protección.

Me agaché lentamente, ignorando el dolor punzante en mi costado, y los abracé como nunca antes lo había hecho. Los elevé un poco en mis brazos, aspirando su aroma infantil, agradeciendo al cielo que estuvieran sanos y salvos tras el ataque.

—Yo también los extrañé mucho, mis pequeños —les susurré al oído, depositando un beso tierno en la frente de cada uno.

Sasha se tensó un poco y me miró con sus enormes ojos abiertos, parpadeando con evidente sorpresa por mi gesto. Mila guardó silencio, mirándome como si no reconociera al hombre rudo y distante que solía darles órdenes en lugar de afecto.

—¿Pasa algo malo, papá? —preguntó Sasha con timidez, rascándose la nuca, poco acostumbrado a ver mi lado más vulnerable.

—No, mi niño, todo está muy bien —les respondí con una sonrisa suave, acariciando las mejillas de ambos con ternura—. Sé que he estado muy lejos de ustedes por mis negocios, pero les prometo que las cosas van a cambiar a partir de hoy.

—¿Vas a estar más tiempo con nosotros en la casa? —preguntó Mila con una chispa de ilusión brillando en sus ojos.

—Así es. Estaré mucho más presente, seré más amoroso y me convertiré en el buen padre que ustedes merecen tener.

Mila me miró de nuevo, esta vez con algo brillando en los ojos.

—¿Puedes prometérnoslo?

—Lo prometo.

Asintieron al mismo tiempo, con esa sincronía de gemelos que todavía me sorprendía. Sonrieron. Y aunque no dijeron nada más, vi en sus caras algo que no pude ignorar: la pregunta que no se atrevían a hacer en voz alta. El lugar adonde querían volver. La persona a quien querían volver a ver.

Lo sabía. Y todavía no tenía una respuesta para eso.

Horas después, la mansión estaba tranquila.

Los gemelos dormían.  Dimitry apareció en la puerta de mi habitación con esa expresión de quien trae algo que le pesa en las manos.

—Tengo la información que me pediste —dijo, entrando y dejando una carpeta gruesa sobre el escritorio—. Sobre Abril Monsalve.

Me incorporé.

—Cuéntame.

Dimitry abrió la carpeta pero habló sin leer, porque ya se lo sabía de memoria.

—Es colombiana. Sus padres se llamaban Roberto y Claudia Monsalve, empresarios pequeños que con el tiempo hicieron crecer su negocio hasta que un socio les propuso expandirse a Estados Unidos. Aceptaron. Se aliaron con James Thompson, quien los recibió con los brazos abiertos. James y Roberto se hicieron muy amigos, tanto que acordaron unir a sus familias. El matrimonio de Abril con Enrique Thompson fue una gran celebración en Nueva York.

Me recosté contra la silla, escuchando.

—De ese matrimonio nació Lorena Thompson, diagnosticada con leucemia a los cinco años. —Dimitry  hizo una pausa breve—. Los padres de Abril murieron un año después de la boda. Los dos. Y la herencia que les dejaron quedó en manos de ella, pero ella, confiando ciegamente en su esposo, le firmó una especie de poder notarial. Enrique usó ese poder para despojarla de todo mediante trampas legales perfectamente elaboradas.

Apretó la mandíbula.

—Hace dos años perdió un bebé. —Lo dijo con más cuidado—. Y hace unos meses descubrió que Enrique y su mejor amiga eran amantes desde hace tiempo. Intentó denunciarlos, incluso los acusó de querer asesinarla.

—¿Y qué paso con ellos? —pregunte con un dejo de preocupación, aunque en el fondo ya me imaginaba la respuesta.

—Su esposo movió sus influencias, contrato abogados, compro periodistas. La hicieron quedar como una mujer desequilibrada. En el divorcio perdió absolutamente todo. Se mudó a Chicago con su nana. Desde entonces busca trabajo como arquitecta, pero lleva meses sin conseguir nada.

El cuarto quedó en silencio.

—¿Algo sobre Marko?

—La investigación sigue. Todavía no hay pistas concretas, pero estamos cerca.

Asentí.

—Deja la carpeta y sal.

Dimitry obedeció sin hacer preguntas esta vez. Cerró la puerta con cuidado y lo escuché alejarse por el pasillo.

Me quedé solo con la carpeta frente a mí.

La abrí despacio. Había fotos, documentos, registros. Una foto de ella con sus padres, joven, sonriendo con esa boca grande que no pedía permiso para ocupar espacio. Otra de su boda, con un vestido blanco y una expresión que entonces debía ser felicidad y que ahora yo miraba sabiendo todo lo que vendría después.

La observé un momento largo.

Abril Monsalve. Arquitecta. Viuda de fortuna. Madre de una niña enferma. Mujer que lo perdió todo y que aun así salió a la calle en plena noche a ayudar a dos niños que no conocía.

No entendía qué me pasaba con ella.

No era el tipo de mujer que solía ocupar mis pensamientos. No era estratégica ni poderosa ni se movía en mis círculos. Era una mujer común que había sobrevivido cosas que habrían roto a cualquiera, y que aun así me había mirado a los ojos sin un gramo de miedo.

Cerré la carpeta.

Me quedé mirándola desde afuera, con la palma apoyada sobre la tapa, pensando.

Lo que sentía no era simple curiosidad. Era algo más denso, más inconveniente, más difícil de nombrar y de ignorar.

Pero Nikolái Ivanoff no dejaba preguntas sin respuesta.

De una manera u otra, iba a descubrir qué era lo que esa mujer me había hecho.

Y cuando lo descubriera, sabría qué hacer con ello.

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