El infierno no es fuego ni azufre, es despertar con el cuerpo hecho pedazos y la certeza de que tu mundo se ha ido al carajo mientras dormías. Intenté moverme, pero una punzada traicionera en el costado me obligó a gruñir; una bala se había quedado a vivir muy cerca de mi hígado, recordándome cada segundo que mi suerte no estaba siendo mi mejor aliada.
Sentía que cada fibra de mis músculos era una herida abierta, una procesión de dolor que me recordaba la fragilidad de mi existencia, esa misma