Pov Nikolái
Mis manos están cerradas en puños tan fuertes que los nudillos me arden y la piel se me pone blanca por la presión. Llevo horas encerrado en esta celda, un cubículo de cuatro paredes que me asfixia. No puedo dejar de caminar de un lado a otro. El roce de mis zapatos contra el cemento es el único sonido constante, pero mi mente está en otro lugar, una frecuencia que no entiendo.
Dimitry y Keller siguen hablando cerca de la reja, soltando términos legales que me importan un rábano. Di