Los días habían pasado como un torbellino desde aquella noche en el estudio. Discusiones, planes a medianoche, miradas cargadas y promesas que sellamos entre besos y juramentos de venganza.
El tiempo voló y, sin darme cuenta, llegó el día de la boda. Yo había insistido en que fuera por la iglesia. Todo tenía que ser perfecto: las flores blancas adornando cada banco, las velas encendidas y ese ambiente sagrado que me hacía sentir que, por una vez, las cosas podían salir bien.
Caminé del brazo de