El cañón del arma apuntaba directo a mi pecho, pero mi pulso no vacilaba ni un milímetro. Enrique sostenía la pistola con manos temblorosas, su rostro desfigurado por una mezcla de pánico y un odio enfermizo que ya no me provocaba miedo.
Nikolái estaba a mis espaldas, sus músculos tensos como cuerdas de piano, listo para lanzarse sobre él, pero yo levanté una mano para detenerlo. No necesitaba su intervención, no todavía.
—¿Qué pasa, Enrique? ¿Se te olvidó cómo apretar un gatillo, o es que tu c