Me obligué a salir del baño con la cabeza en alto, envolviéndome en una bata de seda que ocultaba mis temblores. Nikolái estaba allí, de pie junto a la ventana, con la camisa entreabierta y una postura que irradiaba una autoridad que me intimidaba más de lo que quería admitir.
Cuando me vio, sus pasos fueron calculados, lentos, como un cazador que sabe que su presa no tiene escapatoria, pero me planté firme frente a él, impidiendo que cerrara el último espacio entre nuestros cuerpos.
—Estoy ago