El eco de la batalla resonaba en los túneles, una cacofonía de acero contra acero y gritos ahogados. Artemisa, Jackson y Ares se movían como una tormenta, repeliendo ola tras ola de cazadoras implacables. La luz dorada que emanaba de Ares iluminaba el santuario profano, revelando runas antiguas y símbolos oscuros que palpitaban con una energía inquietante.
"¡Debemos llegar a la mansión!", gritó Jackson, su espada danzando en un torbellino de acero. "Artemisa necesita descansar."
Ares asintió, s