El aire dentro de la mansión Maswell, ahora su refugio temporal, era denso con el olor a antiséptico y el tenue perfume de lavanda que Artemisa había elegido para sus aposentos. El silencio era una bendición frágil, roto solo por el crepitar controlado de la chimenea y los pasos medidos de Ares.
Ares, el dios que había presenciado el nacimiento y la caída de civilizaciones, se encontraba ahora reducido a un vigilante ansioso, su poder contenido por el miedo a perturbar la delicada estabilidad d