Todo mi cuerpo tiembla cuando siento la calidez de su cuerpo chocando sorpresivamente contra el mío, pero sin tocarme un solo pelo. Mi respiración se vuelve irregular cuando la frente de Ares choca contra mi nuca con pesadez y su nariz inhala con fuerza entre mis cabellos.
No puedo evitar sentir como mis piernas se hacen gelatina y como mis dedos pican con ansias de darme vuelta y tocarle. Pero me contengo y, en cambio, estrecho mi brazo con más fuerza alrededor de mi vientre al sentir como sus manos suben a los costados de mi cabeza y me sostienen con firmeza, manteniéndome quieta, antes de subir sus labios a mi coronilla y dejar un frío y corto beso que estruja mi corazón de manera horrible.
—Sabía que serías un problema para mí — dice, y la frialdad con la que salen sus palabras me contrae el corazón. Pero lo que lo rompe es cuando aparta su agarre con brusquedad y se va.
Inevitablemente, un sollozo escapa de mis labios al escuchar el sonido de las puertas del ascensor cerrándose.