Cuando los D’Alesso se van, suelto el aire por fin. Tener a Ragnar cerca me pone los pelos de punta y me recuerda el miedo que tuve en esa casa en la que pretendió hacerme cenizas. No puedo olvidarme de eso, y noto que Ares tampoco por el enojo que desprende su mirada cuando ve a Ragnar alejarse.
—Si vuelve a perder la puta cabeza le haré perder el maldito aliento. No lo tendré cerca de ti — habla entre dientes mientras saca su teléfono del bolsillo y manda algunos mensajes.
—¿Crees que siga… errático aún ahora que sabe que Adara está viva? — cuestiono, nerviosa. Ares guarda su teléfono y me mira con sus intensos ojos marrones.
—Errático — se burla —. Ese demonio ha sido un pequeño imbécil desde mucho antes de saber que tiene una destinada. He oído cosas — niega y nos abre la puerta para salir de la habitación.
—Es aterrador — suspiro y lo sigo, recordando mi enojo de antes de que los D’Alesso nos interrumpieran.
Cuando salimos al pasillo, Ares toma mi mano, pero yo deshago el agarre