El castillo aún respiraba con el eco de los recientes acontecimientos, sus paredes empapadas de un silencio espeso, como si hasta las piedras contuvieran el aliento. De pronto, un rayo de luz doradas irrumpió a través de las altas ventanas del corredor, cortando las sombras como un cuchillo. En ese momento, Mia detuvo sus pasos, al tiempo en que el calor del sol rozó su piel, y en ese instante, Alhena habló en su mente, siendo su voz un susurro grave que heló su sangre.
“Mia”, este llamado sonó