El eco de las botas de Tarvos se fue desvaneciendo poco a poco por el pasillo, arrastrando consigo el sonido de su marcha, pero no el peso de su presencia. Su hostilidad había impregnado el aire como una niebla espesa, dejando tras de sí un rastro de tensión que se aferraba a la piel como el frío de la mañana lluviosa. Mia cerró los ojos por un instante, conteniendo el temblor que amenazaba con recorrer sus manos. Cuando los abrió de nuevo, su mirada se encontró con el vacío que Tarvos había de