El hombre que había traído a Amelia la condujo respetuosamente a una habitación amplia y luminosa, decorada con muebles elegantes y cómodos. Le indicó un sillón mullido junto a una ventana desde la cual se podía ver un hermoso jardín.
—Hay alguien afuera dispuesto a atender cualquier orden suya. —Indicó con una voz tranquila, mientras se mantenía de pie, mirándola con una mezcla de respeto y preocupación.
Amelia, aún aturdida por los acontecimientos recientes, se dejó caer en el sillón y miró al