Solo cuando todos los hombres de Seth se marcharon y sus pisadas se desvanecieron en la lejanía, Amelia sintió la presión de aquellas manos soltándose. Su corazón latía con fuerza, tamborileando un ritmo frenético contra su pecho. Se giró lentamente, con el temor y la curiosidad enredándose en su mirada. Un escalofrío recorrió su columna vertebral al escuchar una voz profunda y resonante que se disculpaba con ella.
—Lamento haberte asustado. —Musitó el hombre.
Frente a ella, se alzaba un hombre