Ragnar había visto sus ojos cambiar antes, el verde encendiéndose en oro fundido, doblando el aire a su alrededor hasta que su lobo se quedó quieto y desnudó su garganta en un reconocimiento primigenio.
Pero la noche anterior había sido diferente.
No eran solo sus ojos. Era su presencia
En un instante, ella era Atenea, testaruda, exasperante, gloriosamente indómita. Al siguiente, algo más viejo y hambriento se aferraba a su piel.
Y cuando él se apartó, sus ojos volvieron a ser verdes, como si n