El frío no era solo una sensación, era una enfermedad. Una cosa reptante que roía los huesos, instalándose profundamente en la médula como podredumbre.
La celda de la mazmorra no era una cámara, ni un refugio. Era una tumba tallada en piedra antigua, empapada en la sangre y los recuerdos de los condenados. Las paredes supuraban humedad, verdes por el moho y resbaladizas al más mínimo toque. El aire estaba cargado con el olor a metal oxidado, orina, descomposición y algo peor.
Algo que susurrab