Los días en Zafir transcurrían en una calma frágil, el palacio lleno del murmullo de sirvientes y el aroma a cera fresca de las velas. Alexandra, tras su sueño con la diosa, sentía una paz nueva, un alivio que suavizaba el peso de sus temores, aunque la herida de su infertilidad seguía latiendo en su pecho. La voz de la diosa, prometiendo un milagro, era un eco que la sostenía, pero no borraba el dolor. La noticia de Ana, ahora con un hijo, llegó en una carta sencilla, escrita en pergamino ásp