146. LAS NIÑAS BUENAS SE PORTAN MAL
NARRADORA
La vieja mano de Ágata se deslizó entre carne y hueso como si fuera apenas un fantasma, hurgando en lo que quedaba del corazón que ya había dejado de latir.
Aun así, algo cálido aleteaba entre sus dedos, inquieto… como una niña incapaz de estarse quieta.
La mirada de Ágata se volvió helada, esa que reservaba para los enemigos.
Retiró la mano espectral, y una pequeña esfera negra, opaca, de energía, brilló en su palma.
—Así que pensaste que sería tan simple como reencarnar en otra vida