La mansión finalmente se había quedado en silencio tras la partida de los niños a sus habitaciones. Tyler, sentado frente a una botella de whisky a medio terminar en su despacho, tenía la mirada clavada en el vacío. La marca de la bofetada de Amber ya no era visible en su piel, pero el golpe en su alma seguía ardiendo con la misma intensidad.
Dominic y Noah se servían sus propios tragos, observando el evidente deterioro de su amigo.
—No puedo más, chicos —confesó Tyler, su voz era apenas un sus