Mikkel le tomó la cara con ambas manos, la besó duro, posesivo, delante de todos. Cuando se separó, sus ojos brillaban con algo oscuro y hambriento.
—Vamos a casa —dijo— Allí planeamos y allí te cuido y allí te recuerdo quién manda en tu cuerpo ahora —le dijo al oído.
Lía sintió un calor traicionero subirle por el vientre. Asintió.
—Vamos.
Salieron del edificio en grupo. Los autos los esperaban, pero antes de subir, Lía se detuvo. Miró hacia el horizonte, donde el mar se fundía con el cielo.
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