Mientras tanto, en Copenhague, Lía se despertó entre los brazos de Mikkel, él la tenía abrazada por detrás, con la mano abierta sobre su vientre, y la nariz enterrada en su pelo.
Ella se giró despacio, lo miró dormir.
Observó la cicatriz pequeña que tenía en la ceja, sus pestañas largas, su boca entreabierta.
Le pasó los dedos por la barba incipiente.
Mikkel abrió los ojos.
—Buenos días —murmuró, con voz ronca de sueño.
Lía sonrió, se acercó y lo besó suave.
—Te amo —dijo.
Él la apretó más fue