Lía pasó la mañana sin saber qué hacer, intentó leer, pero le fue imposible concentrarse, intentó ordenar su habitación, pero no tuvo ánimo, se sentó en la orilla de la cama, mirando hacia la pared, preguntandose una vez más: como había terminado atrapada en una casa donde no la querían.
Al medio día decidió bajar a la cocina, el ama de llaves se encontraba allí.
—¿Puedo servirme algo? —preguntó.
—Por supuesto señora, pero permítame hacerlo —respondió la mujer —si el señor se da cuenta de que u