649. Después del impacto.
El silencio no limpia nada.
Se queda pegado a la piel como el sudor, como la sangre que todavía flota en el aire. El cuerpo del lobo yace a unos metros, torcido, demasiado quieto para algo que hace segundos intentaba arrancarnos la garganta.
No lo miro.
No todavía.
Porque hay algo más urgente.
Algo más cercano.
Kael.
Sigue frente a mí.
Demasiado cerca.
Su mano aún en mi cintura, firme, como si soltarme fuera una decisión que requiere más esfuerzo del que debería. Su respiración no se estabiliza