646. El costo de tener un límite.
No se rompe.
Eso es lo primero que compruebo.
El límite que marqué… sigue ahí.
No es sólido como una pared. No es algo que pueda tocar o ver con claridad. Pero se siente. Como una frontera silenciosa que redefine hasta dónde llega todo lo demás.
Y eso cambia cómo respiro.
Cómo pienso.
Cómo sostengo lo que viene.
Kael no se aparta.
—Sigue estable —dice.
No es una pregunta.
Asiento.
—Sí.
Pero no hay alivio en mi voz.
Porque si yo puedo sentir ese límite… ellos también.
Y eso lo convierte en objet