469. Donde la lealtad se afila antes de cortar.
La ciudad amanece con mi nombre inscrito en los muros que no existen, porque el descrédito verdadero no necesita soporte físico para propagarse, se instala en los gestos medidos, en las puertas que tardan un segundo más en abrirse, en las miradas que ya no preguntan sino que catalogan, y mientras avanzo entre esa hostilidad pulida con retórica moral, siento cómo el vínculo con Aeshkar se ajusta a mi ritmo, no para protegerme del impacto, sino para mantenerme lo suficientemente expuesta como par