386. La elección que no se puede desatar.
Lo que siento al comienzo de este nuevo tramo no es miedo ni anticipación, sino una claridad extraña que me atraviesa con la precisión de una herida bien hecha, una certeza silenciosa que se instala en mí y me obliga a reconocer que ya he cruzado un umbral invisible, porque incluso si retrocediera físicamente, algo dentro de mi conciencia permanecería del otro lado, observando, recordando, exigiendo coherencia.
No pienso en los Selladores de inmediato, ni siquiera en la amenaza latente que su p