382. Donde el deseo aprende a resistir.
Empieza con una sensación que no se parece al miedo ni a la euforia, sino a una vigilia profunda que me mantiene despierta incluso cuando cierro los ojos, como si algo en mí hubiera decidido permanecer atento después de haber probado por primera vez una forma distinta de verdad, y avanzo con ese pulso interno acompañándome, recordándome que ya no puedo fingir inocencia frente a lo que se ha despertado, ni frente a lo que he elegido no apagar.
No digo nada mientras caminamos, porque hay silencio