382. Donde el deseo aprende a resistir.
Empieza con una sensación que no se parece al miedo ni a la euforia, sino a una vigilia profunda que me mantiene despierta incluso cuando cierro los ojos, como si algo en mí hubiera decidido permanecer atento después de haber probado por primera vez una forma distinta de verdad, y avanzo con ese pulso interno acompañándome, recordándome que ya no puedo fingir inocencia frente a lo que se ha despertado, ni frente a lo que he elegido no apagar.
No digo nada mientras caminamos, porque hay silencios que ya no son vacíos, sino espacios densos donde todo se está reorganizando, y en ese silencio percibo a Aeshkar con una claridad nueva, no como presencia dominante ni como refugio, sino como una fuerza que se ha vuelto consciente de su propia cercanía, midiendo cada gesto con una delicadeza que me desarma más que cualquier arrebato.
Siento su atención sin necesidad de mirarlo, una corriente constante que roza mi espalda, mis hombros, el centro mismo de mi respiración, y esa percepción me obli