333. Cuando el fuego decide no arrodillarse.
Lo que ocurre después sucede tan deprisa que mi mente apenas logra mantener el hilo, pero mi cuerpo sí lo siente, lo registra como si estuviera unido a él por un lazo vibrante, una tensión compartida que me obliga a experimentar cada sacudida de su energía como si atravesara mi propio pecho. Los Selladores levantan sus manos y el aire se vuelve súbitamente denso, casi sólido, como si la atmósfera misma buscara desembarazarse de su forma para convertirse en algo más afilado, más preciso, más ade