Inicio / Hombre lobo / Cuando la luna susurra mi nombre / 333. Cuando el fuego decide no arrodillarse.
333. Cuando el fuego decide no arrodillarse.

Lo que ocurre después sucede tan deprisa que mi mente apenas logra mantener el hilo, pero mi cuerpo sí lo siente, lo registra como si estuviera unido a él por un lazo vibrante, una tensión compartida que me obliga a experimentar cada sacudida de su energía como si atravesara mi propio pecho. Los Selladores levantan sus manos y el aire se vuelve súbitamente denso, casi sólido, como si la atmósfera misma buscara desembarazarse de su forma para convertirse en algo más afilado, más preciso, más adecuado para el tipo de ataque que preparan. La tierra se agrieta bajo sus pies, un sonido seco, profundo, que se propaga como una onda que hace temblar mis rodillas.

Aeshkar no retrocede. Ni siquiera adopta una postura defensiva. Permanece de pie, erguido, con esa luz interna que late en su pecho como un corazón imparable, una brazada de oro vivo que se intensifica poco a poco, extendiendo un resplandor suave que se derrama sobre mí, como si buscara asegurarse de que no pierda de vista que su fur
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