279. No podría vender lo que ya me pertenece.
La sala de audiencias está casi vacía cuando el último consejero abandona su lugar, dejando tras de sí el eco húmedo de las voces, los perfumes mezclados y las palabras no dichas. Las cortinas pesadas del fondo aún tiemblan por la corriente nocturna que entra desde los corredores abiertos, y en el centro, bajo el techo alto que parece contener el aliento del palacio entero, quedamos él y yo.
El emisario me observa con una calma que no engaña: sus manos están cruzadas tras la espalda, pero la te