203. A veces ambas cosas son lo mismo.
El amanecer apenas se insinúa detrás de los ventanales cubiertos de telas pesadas, y la luz que entra es débil, como si el día dudara en mostrarse, tal vez porque sabe que esta mañana no me pertenece al reposo sino al filo, al roce de las armas y al choque de cuerpos que, aunque disfrazados de entrenamiento, esconden un pulso más ardiente que cualquier duelo en la arena.
Me he despojado del vestido ceremonial y llevo solo una túnica ligera que cae sobre mis hombros como un velo mal atado, dejando que cada movimiento revele más piel de la que debería. Camino descalza sobre el suelo frío de la sala secreta donde él me espera, ya con el torso desnudo y la espada en la mano, su respiración firme, su mirada fija en mí como si fuera a medirme no solo en destreza sino también en entrega.
—¿Vienes a aprender o a distraerme? —pregunta con una media sonrisa, la hoja brillando a la tenue luz de las lámparas de aceite.
—A veces ambas cosas son lo mismo —respondo, acercándome lentamente, rodeándol