Cap. 115 Ya está
Luther había estado esperando en las sombras del pasillo, una silueta paciente y alerta tallada en la penumbra. Había visto salir al Dr. Clemente, y en el rápido intercambio de miradas con el médico, había leído la noticia antes de que se pronunciara una palabra: un destello de algo que no era solo alivio profesional, sino asombro.
Cuando la puerta se cerró, entró en la pequeña sala de consultas. Y allí la vio.
Alba, su hermana, su pequeña y tonta hermana (como la llamaba en sus momentos más cariñosos y exasperados), ya no era la comandante de hierro, la estratega despiadada, la madre que se enfrentaba a monstruos.
Se había derrumbado en una silla, el cuerpo sacudido por espasmos silenciosos que ahora, al verlo a él, estallaron en sonido.
—¡Luther! —gritó, su voz rota por los sollozos, pero con una luz en los ojos que él no le veía desde antes de la pesadilla.
—¡Mi nena, mi Alicia! Ella… ella…
Intentaba formar palabras entre los jadeos, las lágrimas corriendo libremente por su rostro