Cap. 110 La niña enferma… Alicia

Cuando la puerta se cerró, dejó escapar un rugido sordo de frustración, arrojando un pesado cenicero de cristal contra la chimenea, donde estalló en mil fragmentos que reflejaron su rabia impotente.

Desde el sofá de terciopelo oscuro, un movimiento sutil. Catalina Samaniego, su madre, una mujer menuda de rostro surcado por arrugas que hablaban más de cálculo que de años, observaba sin pestañear. Había estado sentada en silencio, tejiendo con unas agujas de plata, un pasatiempo que disimulaba la velocidad de su mente.

—Así que te resignas —dijo, sin levantar la vista del tejido. Su voz era suave como la seda, cortante como una navaja.

—¿Resignarme? —Elián se volvió hacia ella, los ojos inyectados en sangre.

—No tengo tiempo para criar a otro heredero. Lucius es mi sangre. Es lo único que queda.

—Es lo único que tú reconoces —rectificó Catalina, clavando por fin sus ojos de halcón en él.

—Pero la sangre es más espesa que el orgullo, hijo mío. Y fluye por más venas de las que controlas.

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