Epilogo:—Te ves radiante con Rossi... —soltó Adrián, su voz era un susurro gélido que cortaba el aire del cementerio—. Pero ¿sabes qué encuentro fascinante? Tu pequeña... ¿qué tiene? ¿Tres, cuatro años? Cualquiera que tenga ojos notaría que es mi vivo retrato. Tiene justo la edad de nuestra... separación.
El corazón de Elena dio un vuelco violento, pero su rostro permaneció como una máscara de porcelana fría. Si algo conocía de Adrián, era que su instinto para los negocios y para la traición era infalible. Su intención al aparecer en el funeral de la mano de Dante no era solo humillarlo, sino enterrar la verdad sobre la paternidad de su hija. Pero Adrián, tras su reciente disputa con Isabel, los había estado cazando desde la distancia, movido por un presentimiento visceral que le gritaba que esa niña no llevaba sangre Rossi, sino la suya propia.
A Adrián no solo le quemaba que Elena ya no fuera suya —a quien desechó en un arranque de debilidad, manipulado por las mentiras de Isabel—,