La oficina quedó en un silencio sepulcral tras la detención de Moretti y Julián. El aire se sentía más ligero, como si las paredes mismas hubieran exhalado el veneno que las habitaba. Me serví una copa de agua mineral y observé mis manos: estaban perfectamente firmes. El miedo, esa emoción que me había mantenido atada a una estufa durante tres años, se había evaporado por completo.
Adriano Di Sica se acercó al ventanal, observando cómo las patrullas se alejaban de la sede central.
—Has cortado todas las cabezas de la hidra, Alessandra —dijo, volviéndose hacia mí con una mirada cargada de un nuevo respeto—. Julián pasará años en un juicio que no puede ganar, y Moretti... bueno, Moretti ha cavado su propia tumba financiera. ¿Qué sigue ahora?
—Ahora sigue el futuro, Adriano —respondí, sentándome detrás de mi escritorio—. El Grupo Ferragotti ya no es solo una empresa familiar. Es un mensaje. Quiero que el mundo sepa que ningún apellido está a salvo si se basa en la traición.
Dos días desp