La gala benéfica del Museo Nacional era el evento del año. Bajo los candelabros de cristal, la élite de la ciudad celebraba lo que todos llamaban "el triunfo del amor": el compromiso oficial de Adrián Valente e Isabel.
Adrián lucía impecable en su esmoquin, pero había un vacío en su mirada que ni siquiera los halagos de sus socios lograban llenar. A su lado, Isabel ostentaba un anillo de diamantes del tamaño de una nuez, sonriendo con una falsa modestia que solo Elena sabía detectar.
—Todo es perfecto, Adrián —susurró Isabel, apretando su brazo—. Por fin esa mujer quedó en el pasado.
—Ella nunca fue competencia para ti, Isabel —respondió Adrián, aunque el nombre de Elena le dejó un sabor amargo en la boca.
De pronto, el murmullo de la fiesta se detuvo. Las puertas del gran salón se abrieron y el maestro de ceremonias anunció con voz potente:
—Representando al Grupo Solari y en alianza con las Industrias Rossi, recibamos a la señora Elena Solari.
El Choque de Mundos
El silencio fue sep