El otoño llegaba a Valdris, teñiendo los árboles de amarillo y rojo. En la Villa Emberfall, el atelier comunitario que Elara había montado estaba lleno de vida: estudiantes de todas las edades pintaban, reían y compartían sus creaciones. Richard aprendía a mezclar colores, guiado por Elara, mientras Lia pintaba una escena de la capilla de Lumina, con la cruz brillando en la cima del cerro. Mason organizaba los materiales, y Nora preparaba café para todos. “Este es el lugar donde los sueños cobran forma”, dijo Elara, mirando a su alrededor con satisfacción.
Un día, recibieron una visita de la alcaldesa de Valdris, que les dijo: “El atelier comunitario es un ejemplo para la ciudad. Queremos nombrarlo ‘Atelier Elara Vance’ y apoyarlo económicamente para que más personas puedan participar”. Elara se sintió emocionada: su trabajo estaba transformando su ciudad natal. Juntos celebraron la noticia en el jardín de rosas blancas, donde Lucian, que había venido de Kenia para la ocasión, dijo: “