La Gala de la Cruz Roja era el evento social más importante del año. El Palacio Real de Milán estaba rodeado de cordones de seguridad y alfombras que costaban una fortuna. Pero para mí, este no era un evento de caridad; era un despliegue de armamento diplomático.
Entré al palacio del brazo de Adriano Di Sica. Él lucía un esmoquin hecho a medida que resaltaba su aire de peligro sofisticado. Yo, por mi parte, llevaba un vestido de láminas de oro que parecía una armadura moderna.
—Todos nos están mirando —susurró Adriano cerca de mi oído—. Algunos con envidia, otros con el terror de saber que sus contratos dependen de tu humor esta noche.
—Que miren —respondí con una sonrisa gélida—. La visibilidad es la mejor forma de recordarles quién manda.
Mientras caminábamos entre la multitud, vi a viejas "amistades" de la familia de Julián. Mujeres que antes me miraban por encima del hombro cuando me veían en el supermercado, ahora se apartaban como si yo fuera fuego. Pero entre la multitud, vi un