La noche de la cena con Adriano Di Sica, la ciudad de Milán parecía brillar bajo una luz diferente. Había pasado una semana desde la caída de los Valdivia. La noticia de que Julián ahora trabajaba como aparcacoches en un hotel de tercera categoría para pagar sus deudas legales era el chisme favorito de los tabloides, pero para mí, él ya era ceniza.
Me miré al espejo una última vez. Llevaba un vestido de seda negra con la espalda descubierta y un collar de esmeraldas que perteneció a mi bisabuela. Ya no quedaba ni un rastro de la mujer sumisa que contaba monedas para el mercado.
—El señor Di Sica la espera en la terraza privada del "Cielo d'Oro" —anunció Marcos mientras me abría la puerta del coche.
—¿Alguna novedad sobre Beatriz? —pregunté con una sonrisa de lado.
—Intentó vender las joyas falsas que Julián le compró en su último viaje. Casi termina en prisión por intento de estafa. Ahora vive en un pequeño apartamento alquilado en las afueras. Dice que está esperando que su hijo "rec