El avión despegó de Valdris, llevando a Elara y Mason hacia París, donde su exposición internacional iba a abrir sus puertas. Elara miró por la ventana, viendo cómo la ciudad se reducía hasta volverse un punto pequeño, y pensó en la Villa Emberfall, en las rosas blancas y en la capilla de Lumina. La cruz de Mason seguía en su cuello, caliente contra su piel, y el oso de Lia reposaba en su regazo. Mason le tomó la mano: “¿Nerviosa?” preguntó. “Un poco”, respondió Elara. “Pero también emocionada. Nunca imaginé llegar hasta aquí”. “Tú lo mereces”, dijo Mason. “Tu arte habla de la verdad, y la verdad siempre encuentra su camino”.
En París, la galería estaba ubicada en el corazón del distrito artístico, con paredes de piedra y ventanas altas que dejaban entrar la luz del sol. Elara llegó temprano el día de la inauguración para revisar la colocación de sus cuadros. El lienzo del amanecer sobre Lumina estaba en el centro, flanqueado por los cuadros de la Villa Emberfall y el incendio en los