La noche de la luna llena no terminó con la humillación de Ciro en los pasillos del hospital. Para los hombres lobo de linaje puro como los Del Fuego, el amanecer tras el primer vínculo no era solo un despertar biológico; era el nacimiento de un nuevo orden jerárquico. Mientras el sol comenzaba a teñir de un naranja sangriento el horizonte de la ciudad, Roxana permanecía en la suite privada de Severo, envuelta en las sábanas de seda negra que olían a sándalo, sangre y a ese aroma almizclado y embriagador que era exclusivo de su Alfa.
Severo estaba de pie junto al ventanal, observando la ciudad con la autoridad de un dios que vigila su creación. Las heridas de su espalda ya no eran más que líneas plateadas casi invisibles, un testamento de la asombrosa capacidad regenerativa que solo el amor y el vínculo real podían otorgar. Se giró al sentir la mirada de Roxana.
—No has dormido nada —dijo él, su voz era un ronroneo profundo que hizo vibrar el pecho de la joven.
—El sueño es un lujo qu