Mientras Roxana y Severo se fundían en un vínculo que cambiaría el destino de la manada, Ciro Del Fuego se encontraba todavía en el club "El Olimpo", rodeado de botellas de champán caro y la adulación de sus seguidores. Sin embargo, algo andaba mal.
Desde que había silbado —metafóricamente— y Roxana no había aparecido, un vacío extraño comenzó a carcomerle el estómago. No era amor, era el ego herido de un niño que ha perdido su juguete favorito.
—¿Dónde diablos está? —gruñó Ciro, lanzando su teléfono sobre la mesa—. Le dije que viniera. Sabe que es mi primer celo oficial. Debería estar aquí suplicando para que la deje entrar.
Tadeo, ya borracho, se burló.
—Quizás finalmente se dio cuenta de que Isolda te tiene comiendo de su mano, hermano. O tal vez se cansó de ser tu alfombra.
—Roxana no se cansa —replicó Ciro con arrogancia, aunque sus ojos mostraban una chispa de inseguridad—. Ella me necesita. No tiene a nadie más. Mi familia la recogió de la basura. Ella me debe cada aliento que