El territorio de la Manada del Eclipse era radicalmente distinto al hogar que yo conocía. Donde Colmillo de Plata era luz y praderas, aquí reinaban los picos escarpados y las fortalezas de piedra negra. El aire vibraba con una energía cruda, casi violenta.
Valerius no me llevó a las celdas, ni a las cocinas. Me llevó a la torre más alta del castillo, una habitación que parecía diseñada para una reina de la antigüedad.
—Mis hombres dicen que eres una Omega —dijo Valerius, observándome desde el marco de la puerta. Su mirada gris era como el acero fundido—. Pero una Omega no camina por el Bosque Prohibido sin que los demonios la devoren. Y una Omega no tiene un núcleo de poder que hace que mi propio lobo quiera arrodillarse.
Me acerqué al gran ventanal, mirando hacia el horizonte. A lo lejos, podía sentir la manada de Kael. El vínculo de compañeros, ahora roto y podrido, enviaba punzadas de advertencia. Kael me estaba buscando. Estaba desesperado. Pero ya no era una desesperación de amor