El Bosque Prohibido era un lugar donde incluso los Alfas más valientes evitaban entrar. Se decía que los árboles tenían ojos y que la tierra misma devoraba a los lobos que no eran lo suficientemente puros. Pero mientras yo caminaba entre las sombras densas, no sentía miedo. El resplandor azul de mi anillo actuaba como una linterna silenciosa, y las ramas parecían apartarse a mi paso, como si me hicieran una reverencia.
A cada paso que daba alejándome de la Manada Colmillo de Plata, el vínculo con Kael se estiraba hasta volverse un hilo delgado y miserable. Ya no sentía su angustia; ahora solo sentía su egoísmo como un eco lejano y molesto.
De repente, mi loba se detuvo. Sus orejas se erizaron.
—Salgan —dije, mi voz resonando con una autoridad que incluso a mí me asombraba—. No tengo tiempo para juegos de rastreadores.
De entre los arbustos surgieron cuatro guerreros imponentes. No eran de mi manada. Eran lobos de la Manada del Eclipse, conocidos por su salvajismo y por su Alfa, un hom