La frontera entre la Manada del Eclipse y Colmillo de Plata no era más que un río estrecho de aguas turbulentas, pero esa noche, se sentía como el borde de un abismo. De un lado, Kael lideraba a cincuenta de sus mejores guerreros, aunque todos lucían cansados, con sus lobos inquietos bajo la piel. Del otro lado, Valerius permanecía inmóvil, con una sonrisa depredadora, rodeado de sus "Sombras", guerreros que parecían hechos de puro músculo y disciplina.
Y en medio de ellos, bajo la luz de una luna que se tornaba extrañamente cobalto, estaba yo.
—¡Lyra! —el grito de Kael cortó el aire. Su voz estaba rota, una mezcla de alivio y furia—. ¡Aléjate de él! ¡Cruza el río ahora mismo! ¡Es una orden de tu Alfa!
Caminé lentamente hacia la orilla del río, pero no crucé. Valerius dio un paso detrás de mí, colocando una mano posesiva sobre mi hombro. Sentí el rugido contenido en el pecho del Alfa de Hierro, una advertencia para cualquiera que se atreviera a tocar lo que él consideraba bajo su prot