Capítulo 4: La Cruz que Habla (

El invierno en Valdris se hacía más severo, pero en la Villa Emberfall, el fuego del atelier calentaba el aire. Elara pasaba horas pintando, recuperando el gusto por el arte que había perdido durante los años de matrimonio con Lucian. Mason la ayudaba a restaurar la villa: juntos plantaban rosas blancas en el jardín, arreglaban las estanterías de la biblioteca y limpiaban los cuadros antiguos que los Everetts habían dejado. Una mañana, mientras organizaba cajas en el sótano, encontró una caja de madera cerrada con una llave. “¿Qué es esto?” preguntó a Mason, que estaba cerca. “No lo sé”, respondió él. “Debe ser de tus años aquí”. Elara encontró la llave en un cajón viejo y abrió la caja. Dentro había cartas, fotos y un collar de cruz—igual al que Lia le había mostrado en Reverie Peak.

Miró la cruz con sorpresa: era de oro blanco, con una piedra azul en el centro, exactamente igual. Encontró una carta junto a ella, escrita por Nora: “Elara, esta cruz fue un regalo de Mason para ti, cuando tenías catorce años. Lo hicimos en la capilla de Lumina, subiendo los mil escalones juntos. Mason quería que te protegiera. Pero cuando te fuiste con los Vance, la guardé para ti”. Elara sintió lágrimas en los ojos: Mason había subido los escalones de Lumina para ella, mucho antes que Lucian lo hiciera para Elena. “¿Por qué no me lo dijiste?” preguntó a Mason. “Te quería darlo cuando estuvieras lista”, respondió él. “Cuando dejaras de sentir deuda con Lucian”.

Mientras tanto, en la villa de los Reed, Lucian estaba con Elena y Lia. Los documentos de divorcio habían llegado, y él estaba furioso. “Elara no puede hacer esto”, dijo él. “La Villa Emberfall es mía, por hipoteca”. “Pero los documentos de los Everetts prueban que es de ella”, dijo Elena. “Lucian, tal vez deberías dejarla ir”. “No”, respondió Lucian. “Ella me debe todo. Sin mí, habría muerto en el incendio”. Lia miró a Lucian: “Papá, ¿por qué no dejas a la señora Reed ir? Ella no es feliz aquí”. Lucian frunció el ceño: “No te metas, Lia”. Pero la niña tenía razón—él sabía que Elara nunca había sido feliz con él.

Al día siguiente, Elara recibió una llamada de su abogado: “Lucian ha presentado una demanda para recuperar la Villa Emberfall. Dice que la hipoteca aún está vigente”. Elara se sintió preocupada: sabía que Lucian tenía mucho poder en Valdris, y que la demanda podría durar meses. Mason le tomó la mano: “No te preocupes. Tenemos los documentos que prueban que la villa es tuya. Los Everetts la regalaron a ti, y la hipoteca fue ilegal”. Elara decidió ir a ver a Lucian, para hablar con él directamente. Cuando llegó a la villa de los Reed, encontró a Elena en la sala. “Elara”, dijo ella, con voz baja. “Lo siento. Yo no quería causarte dolor. Lucian me ayudó cuando Jack murió, pero yo sé que él nunca te amó. Tal vez deberías ir a juicio, pero yo te apoyaré”. Elara se quedó en silencio: nunca había esperado apoyo de Elena. “Gracias”, dijo ella.

Regresó a la Villa Emberfall y continuó pintando. Un día, mientras pintaba un paisaje de la capilla de Lumina, recordó la noche del incendio en la casa de los Vance. Su padre adoptivo la había cerrado en un cuarto porque ella había dicho que quería estudiar arte en lugar de trabajar en la empresa de los Vance. El fuego había empezado en la cocina, y ella había gritado por ayuda. Lucian había llegado y la había sacado, pero después, Fiona le había dicho: “Para pagar la deuda de la salvación, tienes que casarte con Lucian”. Elara había aceptado, cegada por la gratitud, pero ahora sabía que había sido una trampa.

Mason le dijo: “Yo estaba allí esa noche, Elara. Intenté salvarte, pero Lucian llegó antes. Fiona me dijo que si te casabas con Lucian, los Vance no te molestarían. Yo tuve que irme al extranjero, para no causarte más problemas”. Elara sintió dolor: Mason había sacrificado su amor por ella, para protegerla. “Ahora no tienes que irte”, dijo ella. “Estoy aquí, y te quiero”. Mason la besó, y en ese momento, Elara sabía que había encontrado su hogar.

La fecha del juicio llegó. En la corte, Lucian presentó la hipoteca de la Villa Emberfall, diciendo que la villa era suya. Pero Elara presentó los documentos de los Everetts, que probaban que la villa le había sido regalada, y que la hipoteca había sido firmada por Fiona sin su consentimiento. Elena también testificó: “Lucian me ayudó cuando Jack murió, pero yo sé que la Villa Emberfall es de Elara. Ella lo merece”. El juez dictaminó a favor de Elara: la villa era suya, y el divorcio se hacía efectivo.

Lucian salió de la corte furioso, pero también triste. Sabía que había perdido a Elara, y que nunca podría recuperar su amor. Elena le dijo: “Lucian, tal vez deberías empezar de nuevo. Lia y yo te agradecemos todo, pero tú necesitas ser feliz”. Lucian se quedó en silencio: sabía que Elena tenía razón.

Regresó a la Villa Emberfall, Elara fue recibida por Mason y Nora. Juntos celebraron su victoria, con una cena en el jardín. Mientras comían, Elara miró la cruz de Lumina que había encontrado en el sótano, y la puso alrededor del cuello. “Esta cruz me protegerá”, dijo ella. “Y me recordará el amor de los Everetts”. Mason le dijo: “Yo también te protegeré, siempre”.

Al día siguiente, Elara recibió una llamada de Lia: “Señora Reed, ¿puedo verte? Quiero pedirte perdón por lo que te dije”. Elara invitó a Lia y a Elena a la Villa Emberfall. Cuando llegaron, Lia le dio un dibujo: “Es tú, pintando en el atelier. Yo quería que mi mamá se casara con Lucian, pero ahora sé que tú eres feliz con Mason”. Elara abrazó a la niña: “No hay nada que perdonar, Lia. Espero que tú también seas feliz”. Elena le dijo: “Elara, Lucian ha decidido irse de Valdris. Quiere empezar de nuevo en otro lugar”. Elara se quedó en silencio: sintió alivio, pero también pena por Lucian.

Esa noche, Elara pintó un nuevo cuadro: la Villa Emberfall, con la cruz de Lumina en el centro, y Mason a su lado. Lo colgó en el atelier, como un recordatorio de su nuevo comienzo. Sabía que el pasado había sido difícil, pero había aprendido que la libertad y el amor eran más importantes que cualquier deuda. La cruz de Lumina ya no era un símbolo de promesas rotas, sino de esperanza y fuerza.

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