El resplandor azul en mi cabaña era tan intenso que las sombras parecían retroceder con miedo. Sentía mis venas latir con una fuerza desconocida, como si un río de energía pura estuviera reconstruyendo cada fibra de mi ser. El dolor lacerante del vínculo roto con Kael seguía ahí, pero ahora estaba envuelto en una costra de hielo antiguo. Ya no me quemaba; me endurecía.
Me miré en el espejo roto de mi habitación. Mis ojos, que siempre habían sido de un marrón apagado, ahora chispeaban con motas de color zafiro. Mi loba ya no estaba acurrucada; estaba erguida, con su pelaje blanco brillando bajo una luz espectral.
—Ya no somos una Omega —susurré, y mi propia voz sonó más profunda, cargada de una autoridad que me hizo estremecer.
De repente, la puerta de mi cabaña se abrió de golpe. Caleb, el Beta de la manada, entró empapado por la lluvia, con el rostro desencajado por la preocupación.
—¡Lyra! He venido en cuanto he podido, yo... —Se detuvo en seco. Sus ojos recorrieron la habitación, a