Mundo ficciónIniciar sesiónEl taxi llevó a Elara de regreso a la villa de los Reed, donde la nieve había acumulado en los alféizares de las ventanas y el silencio era tan denso como el hielo. Caminó hasta la puerta cojeando, su pierna aún le dolía, pero el dolor en el pecho era mayor. Abrió la puerta y encontró la sala vacía—como siempre—pero olía a canela y chocolate, restos de la fiesta que Lucian había organizado para Lia sin ella. Se quitó el abrigo, lo colgó en el perchero y se dirigió a su habitación, deseando dormir y olvidar todo.
Al día siguiente, se despertó con el sol filtrándose por las cortinas. Bajó a desayunar y encontró a Lucian sentado en la mesa, con un café en la mano. Junto a él estaban Elena y Lia, que jugaba con un muñeco de peluche. Elara se detuvo en el umbral, sorprendida. “¿Qué están haciendo aquí?” preguntó, con la voz fría. “Lia es tímida con la gente nueva”, dijo Lucian, suavizando el tono por primera vez en años. “Decidimos que se quedaran unos días. No te molesta, ¿verdad?” Elara rió sin gracia: Jack Blake aún no había cumplido seis meses de muerto, y Elena ya llevaba a su hija a vivir con el esposo de otra mujer. “Como quieras”, respondió, pero pensó: pronto me iré. Se cambió a un vestido de punto oscuro, que le quedaba bien, y sus ojos luminosos se veían relajados, despreocupados. Lucian la miró por un instante, helado—había olvidado cómo podía lucir cuando no estaba sumida en la tristeza. “No te preocupes”, dijo él, “no te van a molestar”. Elara no respondió y se dio la vuelta para irse al hospital, pero Lia corrió hacia ella, con los ojos brillantes. “¡Quiero esa habitación!” gritó, señalando la de Elara. “Y ese oso de peluche que está en la cama”. Elara se giró y vio a Lia mirando el oso de peluche beige que estaba sobre su almohada. Era un regalo de Nora Everett, su hermana adoptiva, cuando ella tenía trece años. Había llevado el oso con ella a todos lados: cuando fue expulsada por los Vance, cuando fue adoptada por los Everett, cuando se casó con Lucian. Era su único vínculo con la única familia que la había querido sin condiciones. “Deja mis cosas”, dijo Elara, con la voz fría. Lia, consentida, jaló las orejas del oso: “¡Ethan—Lucian, haz que la mujer mala se vaya! Quiero mi habitación y mi oso”. Elena se levantó rápidamente y regañó a Lia: “¡Isla—Lia, somos invitadas aquí! La señora Reed fue muy amable al dejarnos quedarnos. No puedes ser tan grosera”. Luego miró a Elara con una expresión incómoda: “Señora Reed, ¿podría comprarle este oso de peluche a Lia? Es muy importante para ella”. “No”, respondió Elara, recuperando el oso de las manos de Lia con firmeza. “No se vende”. Lucian frunció el ceño: “Es solo un oso de peluche, Elara. ¿Por qué peleas con una niña?” Elara sintió rabia—seis años juntos, y él no sabía que ella siempre dormía con ese oso, que era su único consuelo en las noches solitarias. “Hasta que tenga los papeles de divorcio, sigo siendo la señora Reed”, dijo ella, con frialdad. “Y la mitad de esta casa me pertenece. Mientras yo no lo permita, tu querida y tu princesita pueden ser echadas en cualquier momento”. Lia se puso a llorar, y Elena la abrazó: “No te preocupes, cariño. No vamos a molestar”. Lucian se ablandó al ver a Lia llorar y dejó que Elena se llevara a la otra habitación. Luego se dirigió a Elara: “¿Por qué te portas así? Elena está pasando por un momento difícil”. “Y yo no?” preguntó Elara. “¿Qué pasa con los seis años que pasé sola, esperándote? ¿Con las noches en que te cuidé cuando estabas enfermo, mientras tú pensabas en ella?” Lucian se quedó en silencio. “Quiero la Villa Emberfall”, dijo Elara, directamente. “Originalmente fue un regalo de los Everetts. Por los conflictos internos de los Reed, la hipotecaste y terminaste con ella. Quiero que me la transfieras. Quiero mudarme allá en unos días”. Lucian sonrió, aliviado—pensó que ella aún dependía de él, que pedir la villa era una forma de buscar atención. “Bien”, dijo. “Haré que Kevin prepare los documentos de transferencia. Cuando Hannah—Elena y Lia se muden, podrás volver”. Elara sonrió, pero no tenía intención de volver. La Villa Emberfall era su único vínculo con los Everetts, el único pedazo de su pasado que podía recuperar. Se fue al hospital, donde el médico le dijo que su pierna tardaría unas semanas en sanar completamente. Luego fue a ver a Lily, su mejor amiga, que le entregó los papeles de divorcio. “¿Estás segura?” preguntó Lily. “Lucian no va a aceptar fácilmente. Además, los Reed tienen mucho poder en Valdris”. “Estoy segura”, respondió Elara. “Seis años de mi vida suficieron. No quiero pasar más tiempo en un matrimonio que no existe”. Lily le entregó también un acuerdo de transferencia de propiedad para la Villa Emberfall: “Lo preparé. Solo necesitas que Lucian lo firme”. Antes de irse, Lily vaciló: “Amelia—Elara, escuché que Mason vuelve pronto. Los Everett están organizando su regreso”. Elara sintió un temblor en el corazón. Mason Everett, el segundo hijo de los Everett, a quien ella había dejado atrás hace seis años. “Los Everetts fueron buenos conmigo”, dijo ella, con voz baja. “Pero yo les causé mucho dolor. Cuando me empeñé en volver con los Vance, Mason y Nora se pelearon. Nora me acusó de robarle el amor de Mason. Yo no quería eso”. Lily le tocó la mano: “Mason nunca dejó de pensar en ti. Dice que te buscó en el extranjero, pero nunca te encontró”. “Ya es tarde”, respondió Elara. “Él tiene su vida, y yo la mía. No quiero molestarlo”. Regresó a la villa y encontró a Lia en su habitación, tocando sus cosas. “¿Qué haces aquí?” preguntó Elara, enojada. “Quiero el oso”, dijo Lia, con los ojos llenos de lágrimas. “Mi mamá dice que tu eres una mala mujer que le robó a Lucian”. Elara se sentó en la cama y cogió el oso: “Este oso me lo dio mi hermana adoptiva, Nora. Cuando estaba triste, él me consolaba. Tu mamá no sabe lo que pasó, Lia. Y tú tampoco. Pero no puedes tomar las cosas de los demás”. Lia se quedó en silencio, luego dijo: “Mi papá murió. Lucian es bueno conmigo. Quiero que sea mi nuevo papá”. Elara sintió pena por la niña—pero no suficiente para dejar de luchar por su libertad. Lucian llegó a casa tarde, con Elena. “Kevin está preparando los documentos de la Villa Emberfall”, dijo él a Elara. “Pero te advierto: el divorcio no será tan fácil. Los Reed no permiten escándalos”. “No me importan los escándalos”, respondió Elara. “Quiero mi libertad”. Lucian la miró: “¿Y los Everetts? ¿Qué pasa si Mason regresa y te busca?” “Los Everetts ya no son mi familia”, dijo Elara, aunque sabía que mentía. Esa noche, Elara no durmió bien. Soñó con los Everett: con Nora, que le regalaba el oso de peluche; con Mason, que le enseñaba a pintar en el jardín de la Villa Emberfall. Soñó con el incendio en la casa de los Vance, cuando Lucian la sacó de la habitación cerrada, y ella le dijo que le agradecería toda la vida. Ahora, esa gratitud se había convertido en amargura. Al día siguiente, fue a Reed Group, donde tenía un cargo nominal como directora de proyectos. Los empleados la saludaron con amabilidad—ellos sabían que ella había ayudado a la empresa durante la crisis de dos años atrás, cuando los competidores querían comprarla. Llegó a su oficina y escuchó risas desde el vestíbulo. Fue a ver y encontró a Lia sentada en una esquina, rodeada de juguetes y bocadillos, soplando burbujas. Lucian estaba con ella, jugando a los bloques. Los empleados murmuran: “Qué bueno es el señor Reed con la niña. Seguro es su hija”. “¿Y su esposa?” preguntó alguien. “Nunca la veo. Probablemente es una mujer sin importancia”. Elara se quedó en el umbral, observándolos. Lucian nunca había jugado con ella, nunca había dedicado tiempo a ella. Pero con Lia, era diferente. Era cariñoso, paciente. Ella sintió una punzada de dolor, pero también de determinación. Se acercó a él: “Necesito que firmes los documentos de la Villa Emberfall y los de divorcio”. Lucian levantó la vista: “No firmaré los de divorcio. La Villa Emberfall sí, pero solo si te quedas”. “No”, respondió Elara. “Quiero ambos”. Se fue de la oficina, sabiendo que la batalla había empezado. La Villa Emberfall era su única esperanza de recuperar su pasado, y el divorcio su única oportunidad de construir un futuro. Mientras tanto, la cruz de Lumina que Lia le había mostrado seguía en su mente, un recordatorio de las promesas rotas y los secretos que aún quedaban por revelar.






