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La nieve cayó sobre Valdris como polvo de estrellas rotas, cubriendo las calles con un manto que quería ocultar los errores del pasado. Elara Vance sintió el impacto antes de escucharlo: el camión que le rozó el coche no causó daños graves, pero el choque le recordó cómo la vida podía desmoronarse en segundos. Salió del hospital con la pierna hinchada, cojeando, su cabello enredado por el viento y el vestido manchado de barro y grasa. Había pasado tres horas en trámites policiales, contestando preguntas que no importaban, firmando papeles que solo confirmaban su soledad.
Llamó a Lucian. Una vez. Dos veces. Tres veces. Ninguna respuesta. El cuarto intento, una voz dulce y cantarina resonó en el auricular: “Hola? Lucian está ocupado celebrando mi cumpleaños. Nos compró muñecas y chocolates—para mí y para mi mamá. No puede hablar”. Elara se quedó helada. La niña tenía cinco años, tal vez seis, y su tono era tan inocente como cruel. “¿Quién eres?” preguntó Elara, con la voz temblando. “Soy Lia. ¿Y tú?” “Soy... una amiga”, mintió Elara, porque no tenía fuerzas para decir que era su esposa. Antes de colgar, escuchó la voz de Kevin, el secretario de Lucian: “Señora Reed? Perdón, no sabía que era usted. El señor está en Reverie Peak, celebrando el cumpleaños de la señorita Blake. ¿Le gustaría venir?” Kevin titubeaba, como si ocultara algo. Elara tardó un instante en procesar: “la señorita Blake” era Lia, hija de Elena. Elena Blake, la viuda de Jack, el mejor amigo de Lucian. Elena, que había vuelto a Valdris apenas dos meses después de la muerte de su esposo, llevando a Lia en la mano. Lucian había organizado la fiesta de bienvenida—y el cumpleaños de Lia—sin decirle nada a Elara. El corazón de Elara se hundió hasta las plantas de los pies. Miró su reflejo en el espejo del taxi que había llamado: ojos rojos, mejillas pálidas, un rostro que no reconocía. “¿Dónde está Reverie Peak?” preguntó al conductor. “En la ladera del cerro”, respondió él. “Hay que subir mucho. ¿Está bien de la pierna?” “Sí”, mintió Elara, agarrándose al respaldo. El camino fue largo y tortuoso. La nieve crujió bajo los neumáticos, y el viento silbó por las ventanas. Elara recordó la última vez que había estado en Reverie Peak: fue con Lucian, justo después de casarse. Habían comido pasta y bebido vino, y él le había dicho: “Quiero un matrimonio platónico, Elara. No hay amor aquí, solo deber”. Ella había aceptado, cegada por la gratitud—él la había salvado de un incendio en la casa de los Vance, cuando su padre adoptivo la había cerrado en un cuarto para castigarla por querer estudiar arte. “Te lo agradeceré toda la vida”, le había dicho. Y lo había hecho, durante seis años, viviendo en una casa vacía, compartiendo mesa pero nunca cama, siendo una esposa en papel pero una extraña en la vida de Lucian. Cuando llegó a Reverie Peak, el restaurante estaba iluminado con luces cálidas que contrastaban con el frío exterior. Elara subió la pendiente cojeando, cada paso un dolor que se extendía por todo el cuerpo. Al entrar, escuchó una voz alegre: “¡Soplémos las velas!” Lia estaba en el centro de la sala, rodeada de amigos y familiares, con un pastel de tres pisos delante. Lucian y Elena estaban sentados a sus lados, la luz de las velas suavizando el rostro frío de Lucian, haciendo que pareciera cariñoso. Lia sopló las velas y gritó: “¡Deseo que mi mamá, Lucian y yo estemos juntos para siempre! ¡Ojalá mi mamá se case con él!” Elara se detuvo en el umbral. Todos los ojos se dirigieron a ella, pero ella solo miraba a Lucian. Él tenía la mano sobre la de Elena, y su mirada era tan tierna como nunca la había sido con ella. Parecían una familia de tres: tibia, acogedora, completa. Y ella era la intrusa. “¿Quién es esa mujer?” preguntó alguien. “Es la esposa de Lucian”, respondió otro, con desprecio. “Pero él nunca la quiere. Está con Elena desde siempre”. Elara escuchó los murmullos, cada palabra una bofetada. “Ellos eran novios en la infancia”, dijo una mujer. “La familia Blake se hundió, así que Elena se casó con Jack para salvarla. Pero su amor por Lucian nunca murió”. “Y Elara? Solo está aquí por gratitud. Fiona Reed (la madre de Lucian) la obligó a casarse con él para pagar la deuda de la salvación”, añadió otro. “Lucian nunca la tocó—le dijo que era platónico, y ella se lo creyó. ¡Qué tonta!” Lia miró a Elara y frunció el ceño: “¿Quién es esa mujer fea? ¿Por qué está aquí?” Elena la regañó: “Lia, cuida tus palabras. Es la señora Reed”. Pero Lia no escuchó: “Ella es la bruja que le robó a Lucian. Mi mamá me lo dijo”. Elara sintió el dolor en el pecho, más fuerte que el de la pierna. “No es cierto, cariño”, dijo Elena, pero su mirada a Elara era llena de desafío. Alguien se rió: “Lia tiene razón. Todo empezó por Elara. Si no hubiera usado la deuda de gratitud, Fiona nunca habría presionado a Lucian. Elena y él estarían juntos desde hace años”. “Lucian se mantuvo fiel a ella durante seis años—nunca tocó a Elara. ¿Con qué cara se dice esposa suya?” preguntó otro, dirigiéndose a Lucian. Él alzó la ceja, a punto de hablar, cuando finalmente vio a Elara en el umbral. “¿Qué haces aquí?” preguntó, frío como el hielo. Todos se quedaron en silencio. Elara estaba ahí, con el vestido manchado, el cabello enredado, la pierna hinchada. Parecía desgraciada, y los presentes la miraban con repulsión. “Venía a buscarte”, dijo Elara, con la voz rota. “¿Por qué no contestaste las llamadas?” “Estaba ocupado”, respondió Lucian, sin moverse. “Hoy es el cumpleaños de Lia. Podrías haber venido otro día”. Elena se levantó y sonrió: “Señora Reed, siéntese. Lia, córtale un pedazo de pastel”. Lia obedeció, pero al acercarse a Elara, sacó un collar de cruz de su cuello: “Este es de Lumina Chapel. Lucian subió mil escalones para conseguirlo para mí y para mi mamá. Las cruces nos protegen. Te lo cambio si le regresas a Lucian a mi mamá. ¿Sí? Porque él no te quiere”. Elara miró la cruz. Era fina, de oro blanco, con una pequeña piedra azul en el centro. Sabía que Lumina Chapel estaba en la cima del cerro, y que los escalones eran de piedra, resbaladizos en invierno. Lucian tenía secuelas de una lesión en el menisco, producto de un accidente de fútbol en la universidad—no podía hacer esfuerzos físicos. ¿Cómo había subido mil escalones? Recordó: dos meses atrás, Lucian había llegado a casa con la pierna hinchada, diciendo que había tenido un accidente en el trabajo. Ella lo cuidó durante una semana, día y noche, masajeándolo, preparándole baños terapéuticos, sin dormir casi nada. Solo entonces su pierna empezó a recuperarse. Pero él nunca le dijo que había subido la capilla para Elena. ¿De qué había servido todo? ¿Había sido una broma? Elara tragó la amargura y dijo, tranquila: “Está bien. Te lo regreso”. Todos se quedaron en silencio. Lucian frunció el ceño: “¿Qué quieres decir?” “Lucian, vamos a divorciarnos”, respondió Elara, con la voz más firme de lo que sentía. “¿Divorciarnos? ¿Solo porque estoy celebrando el cumpleaños de Lia?” preguntó Lucian, desconcertado. “Es mucho más que eso”, dijo Elara. “Llamadas sin respuesta. Un matrimonio que me deja como viuda. Un marido que le guarda fidelidad a otra. No necesito a un hombre inútil, menos a un esposo que juega a la casita con otra mujer y su hija. Mi abogado te enviará los papeles”. Se dio la vuelta para irse. Sus palabras dejaron a todos mudos. Elena sonrió tirante: “Lucian, deberías ir tras ella. Es tu esposa”. “No hace falta”, respondió Lucian, impasible. “Lleva años siendo la señora Reed. Sin mí, ¿cómo cree que va a arreglárselas? Solo está haciendo berrinche para llamar mi atención”. Pensó en los Everett: Elara había sido adoptada por ellos durante tres años, pero Mason Everett—el segundo hijo—había estado en el extranjero durante seis años, sin contactarla. “Los Everett ya no la apoyarán”, dijo Lucian, con frialdad. “El divorcio confirmaría los rumores sobre Elena y arruinaría su reputación. No habrá divorcio”. Elara salió del restaurante, la nieve cayendo sobre su cabeza. Lloró por primera vez en años, no por el dolor, sino por la impotencia. Había dado seis años de su vida a un hombre que nunca la amó, habiendo abandonado la única familia que la cuidó. Y ahora, tenía que empezar de nuevo, con la cruz de Lumina como recordatorio de las promesas rotas






