El Gran Salón del Consejo estaba sumido en un silencio gélido. El aire olía a incienso y a la electricidad que precede a una ejecución. En el trono más alto, el Rey Alpha, un hombre cuya presencia era como una montaña inamovible, observaba a los presentes con ojos que habían visto pasar siglos de traiciones.
A su derecha, Caelum permanecía de pie, con los brazos cruzados, una sombra protectora a mi lado. A la izquierda, dos guardias sostenían lo que quedaba de Valerius.
Era una visión patética. El hombre que se había jactado de ser el más rico del reino ahora estaba envuelto en harapos, su piel tenía el color de la ceniza y sus articulaciones crujían audiblemente con cada movimiento. La petrificación avanzaba por sus antebrazos; sus dedos estaban rígidos, convirtiéndose en piedra grisácea, el castigo kármico por haber usado mis manos para su avaricia.
Lilit estaba a su lado, encadenada por las muñecas. Intentaba mantener la cabeza en alto, pero su vientre, ahora desproporcionadamente